Marketing Mundial

El consumo no es racional, es funcional

Son las ocho de la noche. El día fue largo. Reuniones, mensajes, decisiones pequeñas pero constantes. De esas que no parecen importantes, pero cansan igual.
Sin pensarlo demasiado, abrís Instagram. Después TikTok. Tal vez entrás a Mercado Libre “a mirar”. Quizás pedís algo para comer, aunque no tengas hambre real.

No estás buscando un producto.
Estás buscando alivio.

Durante años, el marketing explicó estas conductas desde la lógica de la elección: preferencia de marca, precio, calidad, propuesta de valor. Sin embargo, cuando se observa el comportamiento cotidiano, algo no termina de cerrar. Muchas veces no se elige: se repite. Y esa repetición rara vez responde a un análisis consciente.


Del “por qué” al “para qué” del consumo

Desde una mirada contextual, el cambio está en la pregunta. No tanto por qué una persona consume, sino para qué. Qué función cumple esa conducta en su experiencia diaria.

Comprar algo pequeño después de un día pesado. Scrollear sin parar sin estar viendo nada en particular. Abrir una app apenas aparece una notificación. Suscribirse a servicios que casi no se usan, pero que “por las dudas” se mantienen activos.

En la mayoría de los casos no hay una necesidad objetiva, pero sí una función clara: modificar un estado interno. Bajar la tensión. Evitar el aburrimiento. Sentir algo de control. Desenfocarse, aunque sea por un rato, del contexto inmediato.


El consumo como estrategia aprendida

En ese sentido, el consumo no es un problema en sí mismo. Es una estrategia aprendida. Funciona, al menos en el corto plazo. Reduce el malestar, ofrece una recompensa inmediata, genera la sensación de que algo cambia. Y por eso se repite.

Desde el análisis de la conducta, esto puede leerse como un ejemplo claro de reforzamiento negativo: la conducta se mantiene no por lo que agrega, sino por lo que logra quitar.


Sesgos, automatismos y economía mental

Algo similar ocurre con los llamados sesgos cognitivos. No son fallas del consumidor ni errores de razonamiento. Son atajos mentales normales. Elegir siempre la misma marca cuando hay cansancio, no comparar opciones frente a una oferta “por tiempo limitado” o responder de forma automática a estímulos conocidos no es falta de criterio. Es el cerebro siendo eficiente en un entorno saturado.

Esta lógica explica por qué muchas conductas se automatizan. Cuando algo cumple una función de alivio, deja de pasar por el filtro de la decisión consciente. Simplemente ocurre. Revisar el teléfono en una pausa, volver a pedir lo mismo o entrar a una app sin saber bien para qué no es impulsividad descontrolada: es economía conductual.


Cuando una marca deja de competir y se vuelve hábito

Desde esta mirada, el verdadero diferencial de una marca no está solo en lo que promete, sino en el lugar que ocupa en la vida cotidiana de las personas. Cuando una marca cumple una función clara, deja de competir por atención. Se vuelve contexto. Se vuelve hábito.

Tal vez la pregunta más potente para pensar estrategias no sea cómo convencer mejor, sino algo más incómodo y honesto:

¿Qué tensión viene a aliviar este producto en la vida real de quien lo usa?

Y construir desde ahí.


No se vende un producto, se vende una promesa de alivio

Si el consumo cumple una función, entonces el marketing no trabaja solo con decisiones. Trabaja con estados internos. Y eso cambia el eje por completo.

Muchas conductas no se sostienen por el placer en sí, sino por la expectativa de alivio. La promesa de que algo va a mejorar, aunque sea por unos minutos. El próximo scroll. La próxima compra. La próxima novedad. No es disfrute pleno: es anticipación.

En el ecosistema digital esto es evidente. Notificaciones constantes. Recompensas variables. Contenidos que aparecen justo cuando la atención empieza a caer. Todo está diseñado para ofrecer microcortes al malestar cotidiano.

Un estudio reciente de Socialinsider (2024/2025) muestra que alrededor del 60% de lo que una persona ve en Instagram no fue elegido activamente. Si alguien pasa una hora en la aplicación, unos 36 minutos están ocupados por estímulos que buscan captar atención prometiendo cambios de estado: entretener, calmar, distraer, activar deseo.


Reducir el esfuerzo de decidir: el verdadero logro

En ese contexto, el mayor logro del marketing no es persuadir, sino reducir el esfuerzo de decidir. Cuando una conducta se vuelve automática, deja de sentirse como una elección. Simplemente sucede.

Esto no ocurre solo en el consumo. En el trabajo pasa algo similar: se repiten dinámicas no porque sean las mejores, sino porque evitan incomodidades inmediatas. Postergar conversaciones difíciles, aceptar tareas de más, sostener procesos que ya no funcionan. La función es la misma: evitar malestar ahora, aunque el costo aparezca después.


Influencia, ética y comprensión real del deseo

Comprender estas dinámicas introduce una distinción clave: no toda influencia es manipulación, pero toda influencia tiene efectos.

Un marketing que desconoce estas lógicas suele ser ingenuo. Uno que las explota sin reflexión termina siendo frágil. Uno que las comprende y las usa con criterio es más sólido y estratégicamente eficiente.

El cruce entre psicología y marketing no ofrece fórmulas mágicas. Ofrece algo más valioso: una comprensión realista del deseo humano. Toda conducta tiene una función. No siempre se consume por necesidad, no siempre se decide desde la razón y no siempre se repite porque algo dejó satisfacción.


Cuando repetir no alcanza: el valor de la estabilidad

Si tantas marcas logran captar atención y generar repetición, ¿por qué tan pocas se sostienen en el tiempo?

La respuesta no está en influir más, sino en algo más silencioso: la estabilidad.

En un entorno saturado de estímulos, el problema no es elegir mal, sino tener que elegir todo el tiempo. Cuando la carga cognitiva aumenta, el sistema busca anclajes.

Desde una lectura funcional, lo que más regula no es lo intenso, sino lo previsible. Lo que se entiende rápido. Lo que no exige evaluación constante. Muchas marcas no fracasan por falta de impacto, sino por exceso de variación.


Ser reconocible vale más que ser llamativo

Las marcas que perduran no siempre son las más creativas ni las más visibles. Son las que cumplen una función clara y reconocible. Aparecen siempre de la misma manera. Resuelven lo mismo. Generan familiaridad.

Lo estable reduce incertidumbre. Lo predecible baja el esfuerzo mental. El hábito no se construye sobre la novedad, sino sobre la consistencia.

En un mundo donde todo grita, ser reconocible vale más que ser llamativo.
Porque lo reconocible se integra.
Y lo que se integra, permanece.

Cuando una marca logra ocupar un lugar claro, deja de depender del estímulo constante. Se vuelve parte del paisaje cotidiano. Y ahí, recién ahí, la repetición deja de ser esfuerzo y se transforma en estabilidad.